Por: Dr. Elio M Rivera
Muchas personas observan la crucifixión de Jesucristo únicamente como la historia de un hombre bueno que fue asesinado injustamente. Y ciertamente hubo injusticia, violencia y crueldad. Pero los Evangelios muestran algo mucho más profundo: Jesús no llegó a la cruz como alguien atrapado sin poder para escapar. Fue voluntariamente.
Eso cambia completamente la manera de mirar la cruz.
Porque una víctima indefensa es alguien que quiere escapar pero no puede. Sin embargo, los Evangelios muestran repetidamente que Jesús tenía plena conciencia de lo que venía y autoridad suficiente para detenerlo si hubiera querido.
Desde mucho antes de Su arresto, Jesús comenzó a anunciar a Sus discípulos lo que sucedería. Les decía que sería entregado, rechazado, crucificado y que resucitaría al tercer día. No estaba caminando hacia algo inesperado. Sabía perfectamente hacia dónde se dirigía.
En una ocasión declaró algo profundamente impactante: “Nadie me quita la vida, sino que yo de mí mismo la pongo” (Juan 10:18).
Esa frase transforma completamente la escena de la cruz.
Jesús no estaba diciendo que los hombres fueran inocentes de lo que hacían. Estaba revelando que, por encima de toda la maldad humana, existía una entrega voluntaria de Su parte.
Eso resulta difícil de comprender humanamente. Porque normalmente las personas luchan desesperadamente por preservar su vida. Pero Jesús avanzó voluntariamente hacia el sufrimiento sabiendo exactamente lo que le esperaba.
En Getsemaní, cuando llegaron soldados y líderes religiosos para arrestarlo, Pedro intentó defenderlo usando una espada. Pero Jesús le dijo: “¿Acaso piensas que no puedo ahora orar a mi Padre, y que él no me daría más de doce legiones de ángeles?” (Mateo 26:53).
Aquella declaración es impresionante.
Jesús estaba dejando claro que no carecía de poder. No estaba siendo arrastrado hacia la cruz por incapacidad o debilidad. Tenía autoridad suficiente para detener todo en ese mismo instante.
Y aun así no lo hizo.
Eso revela algo profundamente sobrenatural acerca de Su carácter. Él permaneció porque quiso permanecer.
También resulta impactante ver la serenidad con la que enfrentó ciertos momentos del juicio y la crucifixión. Aunque experimentó angustia profunda en Getsemaní, no vemos a Jesús intentando escapar desesperadamente cuando finalmente llegó la hora. Muchas veces permaneció en silencio frente a acusaciones falsas. Isaías había profetizado siglos antes: “Como cordero fue llevado al matadero; y como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció, y no abrió su boca” (Isaías 53:7).
Aquella imagen del cordero es profundamente importante.
En la tradición hebrea, el cordero sacrificado representaba una ofrenda presentada voluntariamente delante de Dios. Por eso Juan el Bautista, al ver a Jesús, declaró: “He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29).
La cruz no fue simplemente una ejecución romana. Los Evangelios la presentan como una entrega voluntaria con propósito redentor.
Eso hace todavía más impactante lo que Jesús soportó. Porque el sufrimiento es terrible aun cuando no existe elección. Pero soportarlo voluntariamente por amor hacia otros revela una profundidad de carácter extraordinaria.
Incluso mientras estaba clavado en la cruz, las personas se burlaban diciendo: “A otros salvó, a sí mismo no se puede salvar” (Mateo 27:42). Lo que ellos no comprendían era que Jesús sí podía salvarse a Sí mismo. Precisamente ahí estaba el punto: permanecía porque había escogido permanecer.
Eso cambia completamente el significado de la cruz.
Porque entonces ya no estamos simplemente observando a un hombre derrotado por el sistema político y religioso de su tiempo. Estamos observando a alguien que conscientemente decidió entregar Su vida.
El apóstol Pablo más adelante escribiría: “Cristo nos amó, y se entregó a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios” (Efesios 5:2).
La expresión “se entregó a sí mismo” es profundamente poderosa. Nadie tuvo que obligarlo desde fuera. Había una decisión voluntaria naciendo desde Su propio corazón.
Y quizá ahí se encuentra una de las cosas más difíciles de ignorar acerca de Jesucristo. Porque una cosa es morir por accidente, por obligación o por incapacidad de escapar. Pero otra muy distinta es avanzar voluntariamente hacia el sufrimiento sabiendo que tienes poder suficiente para evitarlo.
Eso revela una clase de amor y entrega que resulta difícil de explicar solamente desde lo humano.
Tal vez por eso la cruz sigue impactando tanto hasta hoy. Porque los Evangelios no presentan a Jesús como una víctima indefensa atrapada por las circunstancias. Presentan a alguien que, aun teniendo autoridad para detenerlo todo, decidió quedarse.
Y quizá esa es una de las preguntas más profundas que deja la historia de la cruz: ¿qué clase de amor lleva a alguien a entregar voluntariamente su vida por otros cuando todavía tiene el poder para salvarse a sí mismo?
