Por el: Dr. Elio M Rivera
Antes de preguntarnos si Jesucristo es realmente el Mesías, primero necesitamos entender algo todavía más profundo: ¿por qué la humanidad necesitaría un Mesías? ¿Qué ocurrió para que el ser humano necesitara ser rescatado? Porque el concepto bíblico de un Salvador no nació simplemente como una idea religiosa o filosófica. Surge como respuesta a una tragedia espiritual que, según las Escrituras, cambió completamente el destino de la humanidad.
La Biblia enseña que, al principio, el hombre fue creado para vivir en comunión con Dios. El libro de Génesis describe un mundo donde no existía muerte, corrupción, vergüenza ni separación entre el Creador y el ser humano. Adán y Eva caminaban en un ambiente de paz y cercanía con Dios. No existía el miedo que hoy domina a tantas personas. No había enfermedad, odio, violencia ni desesperación. La humanidad fue diseñada para reflejar la vida y la gloria de su Creador.
Sin embargo, todo cambió en el huerto del Edén. Las Escrituras relatan que la serpiente engañó al ser humano para desobedecer el mandato divino. Génesis 2:16-17 registra las palabras de Dios: “Y mandó Jehová Dios al hombre, diciendo: De todo árbol del huerto podrás comer; mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás”. Aquella advertencia no era una amenaza vacía. Era la revelación de una realidad espiritual profunda: apartarse de Dios produciría muerte.
Cuando Adán y Eva decidieron rebelarse contra Dios, el pecado entró en la experiencia humana. Y con el pecado, entró también la muerte. Romanos 5:12 lo explica de esta manera: “Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron”. Según la visión bíblica, aquel momento no afectó solamente a dos personas. Marcó el comienzo de una fractura espiritual que alcanzó a toda la humanidad.
La muerte comenzó a extender su dominio sobre el mundo humano. El sufrimiento, la corrupción, el miedo, la violencia y la separación espiritual se volvieron parte de la experiencia cotidiana del hombre. El ser humano quedó apartado de la fuente de vida. Isaías escribió siglos después: “Pero vuestras iniquidades han hecho división entre vosotros y vuestro Dios, y vuestros pecados han hecho ocultar de vosotros su rostro” (Isaías 59:2). La relación que había sido creada para vivir en armonía quedó rota.
La Biblia presenta esta realidad de una manera extremadamente seria. No describe el pecado simplemente como errores humanos o fallas morales pequeñas. Lo presenta como una fuerza destructiva que esclaviza, corrompe y finalmente conduce a la muerte eterna. Romanos 6:23 declara: “Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro”. Desde la perspectiva bíblica, el problema de la humanidad no es solamente político, económico o emocional. El problema más profundo del hombre es espiritual.
Por eso aparece la necesidad de un Mesías.
La palabra “Mesías” proviene del hebreo Mashíaj (מָשִׁיחַ), que significa “ungido”. En el Antiguo Testamento, la unción representaba separación y elección divina para una misión especial. Reyes, sacerdotes y profetas eran ungidos con aceite como señal de que Dios los había escogido para cumplir una tarea específica. Con el tiempo, el término comenzó a utilizarse de manera especial para hablar del gran Libertador prometido por Dios: alguien enviado para rescatar, restaurar y establecer nuevamente el reino de Dios entre los hombres.
En griego, la palabra equivalente es Christos (Χριστός), de donde viene el título “Cristo”. Por eso, cuando decimos “Jesucristo”, realmente estamos diciendo “Jesús el Mesías” o “Jesús el Ungido”. No es simplemente un apellido. Es una declaración acerca de quién afirmaban los primeros creyentes que era Él.
Lo impresionante es que desde los primeros capítulos de Génesis comienza a aparecer la esperanza de que algún día vendría alguien capaz de derrotar el mal y restaurar lo que el pecado destruyó. Después de la caída del hombre, Dios declaró a la serpiente: “Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar” (Génesis 3:15). Muchos estudiosos consideran este pasaje como la primera promesa mesiánica de toda la Biblia: la esperanza de un futuro Redentor que enfrentaría el poder del mal.
Desde entonces, las Escrituras comienzan a desarrollar una expectativa constante. La humanidad necesita alguien que haga lo que ella no puede hacer por sí misma. Necesita alguien capaz de vencer el pecado, destruir el dominio de la muerte y reconciliar nuevamente al hombre con Dios. No solamente un maestro. No solamente un líder político. No solamente un reformador religioso. Sino alguien capaz de restaurar aquello que se perdió desde el huerto.
Y quizá esa es una de las razones por las cuales el corazón humano sigue buscando desesperadamente esperanza, propósito y redención. Porque aun después de miles de años de avances tecnológicos, científicos y sociales, la humanidad continúa luchando contra el miedo, la culpa, la corrupción, el vacío interior y la realidad inevitable de la muerte. El problema que comenzó en el Edén nunca desapareció completamente.
Por eso, antes de preguntarnos si Jesús era realmente el Mesías, primero debemos enfrentar otra pregunta igual de importante:
¿Y si la humanidad verdaderamente necesita ser rescatada?
